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domingo, 2 de mayo de 2010

Zurdos y lenguaje políticamente correcto

Aunque no me considero un filólogo al uso, digo yo que por mi educación muy a menudo me asaltan pensamientos muy “filológicos” a la cabeza. Uno de ellos, que me lleva interesando desde hace ya algunos años es el del lenguaje que estigmatiza a los zurdos y todo el revuelo existente hoy en día en torno a lo políticamente correcto.

Antes de continuar quiero dejar una cosa clara: mi intención no es la de sentar cátedra, sino simplemente la de exponer una duda y crear debate sobre un tema interesantísimo y del cual creo que se puede hablar y discutir muchísimo.

Ahora bien, como filólogo, pienso que es un error politizar el lenguaje y creo que, concretamente, el intento moderno de convertir ciertas palabras en algo políticamente incorrecto para evitar por ejemplo el sexismo o el racismo es una majadería. Pienso que primero se cambian las ideas y que, en consecuencia, el léxico pierde connotaciones peyorativas de forma natural. Creo, además, que tenemos un ejemplo clarísimo de lo mismo en el vocabulario y las expresiones sobre los zurdos, hoy en día ausentes de significado peyorativo, pero no hace mucho estigmatizadoras.

A nadie en su sano juicio se le ocurriría hoy estigmatizar a un zurdo. Nadie te mira mal por escribir con la mano izquierda, hay obvias incomodidades a la hora de encontrar un pupitre para escribir o unas tijeras, pero hoy en día ser zurdo es tan normal como, no sé, ser rubio o tener gafas. En España, hasta donde yo soy consciente, no hay ya discriminación por ser zurdo.

Sin embargo, hubo un día en que lo zurdo era algo negativo, sujeto a supersticiones que, en ocasiones, provocaban persecuciones. Esto ha dejado expresiones como:

- Siniestro (infeliz, funesto o aciago).
- Siniestro total (un daño con destrozos irrecuperables).
- Siniestralidad (frecuencia de accidentes).
- Derecho (estudio de leyes).
- Hacer las cosas de derechas (hacer las cosas bien).
- Estar derecho (estar erguido, en posición correcta).
- Levantarse con el pie izquierdo (tener mala suerte).
- Estar ducho en algo (tener conocimiento de algo, -ducho quiere decir derecho-).
- Ser diestro (ser hábil o experto en un arte u oficio).
- Zurdo (al contrario de como se debería hacer).
- Ir de diestro a diestro (igualdad de dos personas en habilidad o astucia).
- Destreza (habilidad).


Jimmy Hendrix fue seguramente el guitarrista zurdo más diestro de la historia.

Todas estas expresiones, a pesar de lo obvio de sus alusiones, no despertarían el menor resquemor en nadie, zurdo o no. Es decir, que la sociedad misma ha cambiado, ha acabado por aceptar o asimilar ideas más igualitarias y, en vez de modificar su léxico, ha suavizado su significado o incluso se ha olvidado por completo del aspecto peyorativo del mismo y se ha quedado sólo con una parte de él que no resulta insultante. Del mismo modo que nadie piensa en un judío al decir que otro es ladino o que es muy marrano, a nadie se le ocurriría cambiar el nombre de la Facultad de Derecho porque los zurdos no están representados bajo ese nombre. Gracias a ello, es posible decir que Jimmy Hendrix, que era zurdo, fue uno de los guitarristas más diestros de la historia.

domingo, 19 de abril de 2009

Cualquier lugar, cualquier día

Ayer fui a ver una representación de la obra de mi amigo Ignacio Pajón Leyra, asiduo colaborador de Meφisto y miembro del equipo directivo de Ediciones Antígona. Ignacio, destacado relatista y dramaturgo, es autor de un buen número de obras a pesar de su juventud, algunas de ellas traducidas en el extranjero.

Su obra, titulada Cualquier lugar, cualquier día, provocó en mí un estado de reflexión que pronto se materializó en conversación con otra amiga, compañera doctoranda y una de las personas de mi edad con mayor capacidad crítica que conozco (mucho mayor que la mía, desde luego).

Intentaré resumir las conclusiones de esta conversación a la vez que explico la obra e insto al lector a que acuda sin falta a verla. Sólo le queda una semana en cartelera.

Cualquier lugar, cualquier día nos enfrenta a la realidad de la guerra con un prisma desolador y oscuro. Hasta aquí no habría nada particular si no fuese porque esa oscuridad está iluminada por una luz que no es la de la esperanza, sino la de un circo. El resultado es una danza de la muerte grotesca, con movimientos rítmicos ora hilarantes, ora patéticos que, a la vez que nos ahogan en la podredumbre del ser humano, nos arrancan la cabeza de ese charco para mostrarnos en su reflejo nuestra propia condición ridícula. Una de cal y una de arena podría decirse. Como los telediarios.

La conclusión que uno tiene al salir de la sala es: el Homo Sapiens no ha aprendido nada. No hay mejora. La Alejandría del siglo I a.e.c. o el Bagdad del siglo XXI, todo es lo mismo. El mismo desprecio por la vida humana y por la cultura que ésta crea. Una idea profundamente pesimista, en fin. Y, sin embargo, el hecho de que se nos permita reírnos de esa situación, es tal vez una forma de liberarse, de vencer al horror si se quiere, como en el chiste freudiano. Pero esto de nuevo nos lleva al pesimismo, porque quiere decir que tal vez sólo podamos vencer a la guerra de forma simbólica mediante el chiste o la mofa. En el exterior todo sigue igual.

El caso es que todos estos pensamientos me llevaron a replantearme mi idea de que el paradigma del pesimismo que hemos vivido en las últimas décadas se esté agotando, algo en lo que mucha gente (incluida mi amiga) no está de acuerdo y que Cualquier lugar, cualquier día parece efectivamente contradecir con vehemencia.

Defendiendo mi postura aduje que, seguramente, la obra de Ignacio podría perfectamente haber sido estrenada hace veinte años sin desencajar. Es lo mismo que me sucede con las últimas películas de Almodóvar o los hermanos Coen. Me encantan, pero pienso, no rompen con el paradigma, siguen viviendo en los años noventa. Y por otra parte, ¿quién lo hace?, es decir, ¿quién rompe el paradigma?. Tal vez no esté tan agotada la postmodernidad como yo pensaba. La fuerza tragicómica de Cualquier lugar, cualquier día parece defender a ultranza esta postura y, estemos de acuerdo o no con lo que transmite, provoca un estado de ánimo que es caldo de cultivo para el pensamiento crítico constructivo, y eso sí que es verdaderamente positivo.

Como dije, sólo le queda una semana, una lástima porque se merece ser vista por mucho tiempo. La obra se representa de jueves a sábado a las 20.30 en el bellísimo Teatro Espada de Madera, sito en la calle Calvario 21, en el madrileño barrio de Lavapiés, no lejos de la plaza de Tirso de Molina. Dejo un plano para que nadie se pierda y la encarecida recomendación de acercarse a ver esta magnífica obra, reflejo esperpéntico de nuestro tiempo.


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viernes, 30 de enero de 2009

Hacia Aldebarán

No hay, en la naturaleza toda, criatura más triste y repugnante que el hombre que ha desertado de su genio y que mira a derecha y a izquierda, detrás suyo y en todas las direcciones.
Friedrich Nietzsche

No puedo negar el peso que los años 80 han tenido sobre mí. Mamé esa cultura, y nunca mejor dicho, porque nací al comienzo de esa década y crecí y me conformé como persona a lo largo de ella. Uno de los recuerdos vívidos más antiguos que tengo es la explosión del Challenger, en 1986, quizá mi primer contacto con la muerte, mi primera lección del Final.

El brazo de aquella época, lejos de detenerse en 1989, se extendió más allá, y así, muchas de mis lecturas de preadolescente mostraban contenidos claramente identificables con movimientos nacidos en los albores de los 80 o un poco antes. Hablo, principalmente, de los cómics y libros de ciencia ficción que devoré con fruición entre los 12 y los 16 años, esto es, a mediados de los 90. Aquellas historias hablaban siempre de mundos postapocalípticos en los que unos pocos seres humanos se debatían entre los estertores de la especie y de la Tierra misma. Todo esto, el Fin de la Historia, tenía (y reconozco que sigue teniendo), una fuerza fascinante y embriagadora. Los ardientes desiertos nucleares o las ciudades oscuras donde eternamente llueve son versiones diferentes de un mismo final atroz que a mí me atraía igual que cuando, muy de niño, me asomaba a los pozos de mi pueblo.

He necesitado muchos años para darme cuenta de que, a pesar de su atractivo y de su útil lección premonitoria, la filosofía del Fin de la Historia, gran parte del halo que envuelve al ciberpunk y otras tendencias new wave de la ciencia ficción, son en cierto modo peligrosas, pues provocan en nosotros un pesimismo y un desengaño crónico que, lejos de ayudarnos, nos perjudica. Me explicaré: el pesimismo, cuando se convierte en paradigma, deja de ser una actitud crítica para convertirse en actitud cómoda. En esa situación, sólo el optimismo puede ayudarnos a avanzar, el optimismo en la lucha por la vida, esto es, el optimismo activo y vitalista.

Recientemente, en una vuelta a mis lecturas de ciencia ficción, me he puesto a descubrir todos aquellos títulos que pasé por alto en su momento por diversas razones, la principal, supongo, por falta de solvencia. He releído también algunas joyas que antaño me fascinaron de forma especial, y así, mis ojos han pasado sobre las páginas de Grey (1985-1987), la Trilogía de Nikopol (1980-1993), El prisionero de las estrellas (1982-1983), Basura (1989), The Long Tomorrow (1976) y, en fin, un largo número de novelas gráficas e historietas de una forma u otra relacionadas con la estética ciberpunk o postapocalíptica.

Grey es una obra maestra del cómic japonés con temática postapocalíptica y ciberpunk.

Pues bien, siguiendo la estela de estas obras y tratando de conocer novedades, seguí buscando y me encontré con una novela gráfica algo posterior pero muy diferente en su tónica: Los mundos de Aldebarán (1994-1998), del autor brasileño Leo, recién publicada en nuestro país. Esta obra, además de tener un guión y unos dibujos soberbios, rompe por completo con el oscurantismo precedente así como con todos los conceptos ideológicos que éste conllevaba. Creo, de hecho, que no sería descabellado decir que se trata de uno de los primeros modelos de una nueva época del cómic de ciencia ficción, posiblemente similar a lo que The Long Tomorrow significó en su momento (inspirando a Blade Runner por ejemplo). ¿En qué me baso? No soy un experto en novela gráfica, desde luego, más bien lo contrario, pero sí tengo un gran interés en conocer cuáles son las últimas tendencias artísticas, ver cómo se está rompiendo poco a poco con el paradigma anterior, cada vez más agotado, y me alegro cuando descubro joyas como ésta de la cual hablo.



Impregnados del esoterismo pseudoreligioso propio del movimiento new age, algunas obras como El Incal o, en menor medida, la Trilogía de Nikopol, encontraban una salida al sufrimiento humano y al desconcierto no en el propio ser humano, sino, precisamente, en la espiritualidad y en la magia, esto es, en algo ajeno e inexplicable. Nada puede haber más triste e inmovilista que lo esotérico en mi opinión.

Otras obras, directamente, no mostraban solución alguna, y en este sentido eran puramente postmodernas, pues tomaban como lema el there’s no future hasta sus últimas consecuencias. En cualquier caso, la figura del héroe (otra solución ajena y, en este caso, aristocrática), podía aparecer trayendo la salvación para sí mismo y para los demás, pero siempre a un altísimo coste. Esto cuando lo conseguía y no se terminaba en la primera situación, claro (pienso ahora en una película, Hasta que el destino nos alcance, de 1973, pero hay mil ejemplos).

¿Pero es que no había pesimismo antes en la ciencia ficción? Por supuesto que sí, y observad la función que tenía en los años 50 sin ir más lejos: aterrorizar a la población con imágenes de guerra nuclear e invasiones, explotando sus aprensiones y su xenofobia, inutilizando su capacidad crítica. Claro que es un pesimismo distinto, propio de otra época, pero sigue sirviendo como ejemplo de cómo se puede llegar a la inmovilidad a través de estos pensamientos (¡ved cómo aquí tenemos el nacimiento de los ufólogos conspiranoicos!).

Mas en Los mundos de Aldebarán, nos encontramos con una novela gráfica que, para empezar, nos muestra un planeta soleado y agradable, rebosante de una vida exuberante y misteriosa, producto de un profundo trabajo creativo por parte del autor, que se nos aparece como ferviente ecologista. El mundo, está cubierto al 90% por océanos tan amplios como enigmáticos. Pocos barcos se adentran en ellos salvo los más aventureros. En las costas, pueblos de pescadores viven lo mejor que pueden. Porque los habitantes de Aldebarán son personas normales, con las que cualquiera se podría identificar, y lo mismo sucede con sus protagonistas: no son tipos masculinos y aguerridos ni chicas voluptuosas, tampoco son antihéroes, son gente normal que cambia y crece a lo largo de la historia. En consecuencia, el machismo inverosímil del género pulp queda enterrado bajo varios metros de tierra y la obra nos resulta mucho más realista y cercana, a pesar del entorno claramente fantástico.

Con todo esto no quiero hacer pensar que nos encontramos ante una obra utópica, nada que ver. En la trama, el planeta Aldebarán, habitado por colonos humanos, lleva cien años sin contactar con la Tierra, y la población vive bajo el yugo de una dictadura militar de corte tradicionalista muy similar en cierta forma a lo que el autor conoció en su Brasil natal o, más adelante, en Chile. Pero la obra es un canto a la libertad, libertad que se gana mediante el esfuerzo propio (sin héroes, sin magia...); y lo extraño, lo ajeno, en su exotismo, no es una amenaza sin más, sino que tiene sus facetas, sus distintos rostros (veo aquí cierta similitud con la novela Solaris, de Lem) hasta que, finalmente, se convierte en un foco de conocimiento y eventual ayuda.

Pero no quiero destrozar la novela gráfica. Recomiendo encarecidamente a todo el mundo que la lea, ya le gusten o no los cómics. Se trata sin duda de una obra a la altura de los más grandes de la ciencia ficción y, por mucho que me duela (ya dije que soy un entusiasta de la fantasía postapocalíptica), una ruptura para bien con las tendencias anteriores, incluso a pesar de nacer en parte de ellas. Un alegre soplo de aire fresco.


Los Gregorios son un ejemplo de los fascinantes animales que pueblan los mares de Aldebarán.

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jueves, 11 de diciembre de 2008

Neutralidad

Todo el mundo conoce aquella cita de Wilde que repito de memoria: hay algo peor a que hablen mal de ti y es que no hablen. Seguramente el genio irlandés no pensó en otra situación: que hablen con absoluta neutralidad y asepsia.

Los poetas noveles tenemos que enfrentarnos a la asepsia y falta de pasión de quienes hacen críticas de nuestros libros sin pasar más allá de la introducción y la contraportada. Esto lo digo porque cierta revista literaria acaba de publicar una breve reseña de Cuaderno de bitácora en la cual, por lo que he podido ver, se han limitado a parafrasear algunos extractos del prólogo que mi amigo y maestro Eduardo Valls escribió para mí. Al no haberse leído el libro, no pueden decir nada de él, ni bueno ni malo.

Es un trabajo largo y difícil esto de dar a conocer la obra de uno. Seguimos luchando de todos modos.